
“…Niegan que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”
Sin embargo la discusión en torno a este tema no es algo que nos deba sorprender mucho. En sí, el viejo sistema de ingreso como la misma configuración socio-económica al interior de la universidad, y el rol que ha cumplido ésta en la sociedad (caso paradigmático el de
Pero más allá de la formación de una clase dirigencial que justifique la conveniencia de la desigualdad social, la universidad católica se ha empeñado en crear y moldear el modo en que cada uno de sus integrantes debe hacer vida universitaria. La censura y el control de los espacios de participación sólo reafirman el carácter clasista de la universidad.
A pesar de esto, en cierto sentido a la universidad se la ha hecho difícil masificar su discurso redentor (basta recordar los juicios a los que se ha sometido, por parte de la rectoría, a compañeros que afirmaban posiciones contrarias al pensamiento católico, o las típicas cámaras de seguridad, incluso al interior de la biblioteca). Esta permanente desconfianza hacia el estudiantado requiere nuevas formas de control, y que mejor que someter a todo aquel que quiera entrar a la universidad a un test que evalúe su creatividad, vocación de servicio, liderazgo, y emprendimiento. Pero este plan homogenizador no abarca tan sólo a los estudiantes. Como una necesidad de reforzar el pensamiento único y la falta de debate, a futuro también se piensa implementar esta evaluación a los profesores, previniendo de este modo la contaminación de un posible profesor trasnochado.
Este nuevo sistema de ingreso va más allá de una elitización económica de la funcionalidad social de la universidad. Lo que se quiere implantar es una formación ideológica unidimensional que potencie el adiestramiento y disciplinamiento de los más pobres. Lo importante no es reforzar a las clases más acomodadas, sino que masificar un discurso que asegure la paz social, pese a los inmorales niveles de desigualdad.
Pero esta genial idea para terminar con cualquier tipo de disidencia se viene aplicando en un marco más amplio hace más de dos décadas. De hecho, con el ingreso de los privados al rentable negocio de la educación durante la dictadura, se ha masificado la moral más conservadora del catolicismo. Tendencias como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo poseen varios colegios ubicados en los sectores más marginales del país. Con ello buscan imponer una moral conservadora y santificadora de la riqueza. No basta con reafirmar su poder de clases. (Colegios como el Cumbres y el Everest cobran más de 2 millones por inscripción¡¡¡) ahora es necesario construir un futuro capital político que no amenace la desigualdad sobre el cual reposan sus beneficios. Con la plata se necesita hacer algo, y que mejor que invertir en educación. Y la universidad con su propuesta de selección se esta haciendo parte de ésta tendencia.